Amanecer de Navidad...
al que nunca un rictus de desidia
o enojo traspasó la cara, eterna sonrisa,
pie fiel a los elementos mas elementales.
Aquél a quién nuestros antiguos de seguro conocieron.
Muchacho de bahía salada.
redentora de las soñolientas islas.
Acude el que siembra lirios en la orilla del estertor marino,
el precursor del rayo lunar sobre la espuma
cuando camina las olas cercanas.
Aquel que juega en el bolsillo
con los vientos revoltosos
y su romántico aliento de salinas.
Sí, con el primer grito de los peces
el natural amigo de las palmas
el primero hendiendo la mañana:
a traernos flores, a cambiar bombillas muertas,
a componer la cerradura en la ventana;
cálido río de asustadas sonrisas,
los negros mozambiques, el vocerío
-que de pronto se hace intolerable-
el clamor que inundara el caserío.
Casi inadvertido, el querube pasa.
Helado quedo, ante tal aparición de vida,
-la soledad olvida que vivo y siento-
mientras contemplo veloz el nuevo día,
inaugurando la locura del absurdo
de aquel inhóspito mandala.
Desaparece. Sólo un olor a nardos chamuscados. Desgracia.
Colores sin pintor, palabras sin escriba.
en el rubor de arena y olas.
Inasible deja caer el cielo una sonrisa...
un coco que rueda y se apaga entre las cañas.
Luego la enardecida muchedumbre,
de la común mañana, con alaridos me reanima
y salgo entre el crujir de vidrios y metales,
en un halo de humeante claridumbre
mientras la casa como una llaga aúlla entre furiosas llamaradas.
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